Colección Nuevas especieS

Espíritus locales

El Espíritu local puede ser una costumbre compartida, una esquina del parque, un establecimiento de años, una calle, un grupo de árboles cuidado por todos, un personaje, alguna rutina laboral, una forma de cantar, de hacer una comida, o un paisaje que sólo se aprecia desde nuestra localidad y que decidimos nos pertenece y nos configura.

El espíritu local es nuestro patrimonio más valioso y lo hacemos sus habitantes, cada día mientras permanezca con nosotros. Es lo que nos hace ser humanos únicos y particulares dentro del mundo.

El espíritu local es nuestro valor agregado: por eso señala nuestra manera de caminar, de hablar, de querer, de alzar la solapa de la chaqueta cuando salimos a hacer el ritual del coqueteo, o del duelo, o de la alegría. Es la manera de amarrar el tamal, de servir los chicharrones y subirle el volumen a la televisión para ver el partido de fútbol. El modo de demostrar nuestro cariño, de expresar nuestra desaprobación y gesticular con los brazos cuando nos sentimos ofendidos.

Mantengamos vivo nuestro espíritu local, sepamos identificarlo y honrémoslo apropiándonos de él las familias y los grupos comunales, para nuestro acerbo. Casas, árboles, actividades, preservémoslas año con año, creando identidad. Identidad regional como plataforma de valor cultural y permanencia.

El espíritu local es nuestro sello de garantía para que las generaciones venideras se sientan orgullosas de pertenecer a estos pueblos y regiones en vez de estar deseosas de adquirir un pasaporte de segundo orden. De allí salen todos los valores que necesitamos recuperar y mantener como pueblo ante el global acento de la humanidad.


Los autores: ¿Adónde habitamos?


Anabelle Aguilar

A veces no sé dónde amanezco, porque yo que soy tan sedentaria, no tengo lugar. Nací con ayuda de partera, a una cuadra del Parque Central, cuando San José era un pañuelo. Añoro la casita de alquiler que ya no existe. Tenía cancel y patio de adoquines con violetas mínimas, porque dice mi mamá que el verde hace falta. Yo escuchaba la radio todo el tiempo, y ocasionalmente al afilador de cuchillos, al soldador de ollas, al vendedor de periódicos y al repartidor de hielo. Por las noches me aturdían los que bajaban ruidosos las escaleras de la galería del Teatro Moderno.

El destino me llevó a vivir en Venezuela. Amado país, por auténtico y sufrido. He vivido más años en él que en el mío propio. He habitado en los últimos rincones de su geografía. Entiendo a su gente, me siento una de ellas. Soy partícipe de sus sueños, de sus esperanzas y de sus desconsuelos, pero padezco de nostalgia por mi suelo y vengo con frecuencia a reencontrarme con mis raíces, aquí tengo mi querencia. Cuando es necesario el corazón se vuelve infinito para amar a varias tierras.


Dorelia Barahona

Estudié Filosofía entre las calles Moravia y la ciudad Universitaria de San Pedro. Artes en México y Madrid. Mi primer libro de poesía lo publiqué a los nueve años, cuando la Escuela Nueva se encontraba frente al parque de San Pedro, junto al cine Doris, luego me dediqué al cuento, abrigada por el cafetal de la desaparecida ermita y los soles absolutos de Manuel Antonio, allí salté a la novela, sin dejar de lado mi otro afecto, la pintura. Sigo viviendo en la orilla sur del río Virilla, de cara a los vientos alisios y a los espectaculares arco iris que coronan su cielo y que me traen el tesoro escondido de las palabras.


Floria Bertsch

Habito un extenso mundo interior que, ante cada circunstancia cotidiana, se desliza curioso hasta los rincones más profundos de mi sentimiento.

La línea del tren al Atlántico que pasaba en frente de la puerta de la casa familiar enfiló mis primeros años y creo que me marcó. Aprendí el gusto de correr por esas interminables líneas que semejan los bordes de las cosas y las gentes, sin percatarme que ese sútil equilibrio de andar por la orilla, inevitablemente, es algo que muy pocos comprenden. Las letras son las únicas que han sabido aguantarme sin reparos.

Cada piedra que encuentro colocada junto a otra a la orilla del camino forma parte de un puño de piedras que es a la vez mío y del universo. Sumergida en mi mundo, de alguna manera le encuentro a los “inukshuk”, como llaman los esquimales a esos acomodos de piedras en eterno equilibrio, su historia y su sentido de estar allí. El rastro de un evento me une al que sigue aunque muchas veces las lágrimas o las risas del momento no me permitan descubrir de inmediato los lazos que tejen ese camino. Sé muy bien que son mis decisiones y la suma de Aquís y Ahora lo que me construye.

La “cultura del Agro”, con sus cultivos y sus agricultores, aquellos que producen nuestros alimentos y los que estudian para serlo, aferran mis pies a la tierra y dan sentido cotidiano a mis días.

Entre ese equilibrio rústico que me enseñaron las líneas del tren y lo que las palabras y la ciencia me han ido aportando con el tiempo, recorro mi ruta sobre esta tierra impregnándola de una cadencia propia que, estoy convencida, es lo único que me pertenece.


Janina Bonilla

Vivo en Sabanilla de Montes de Oca, San José. Mi infancia y adolescencia transcurrieron entre dos barrios: El de La Dolorosa, donde nací, en la Clínica Bíblica y dí mis primeros pasos en los caminitos que llevaban al kiosco del parque frente a la iglesia que le dio su nombre al barrio y que, además, fue el lugar donde vivió la Abuela por muchos años. Cuando paso por él, los recuerdos se impregnan de olores a pimienta, albahaca, orégano, canela y miel.

El otro, el barrio de Mata Redonda, donde aprendí a montar bicicleta, me puse las primeras medias largas de seda, tuve mi “huelga” de amigas y amigos, celebré los quinceaños y en el quicio de la puerta de mi casa, un atardecer de abril me dieron el primer beso suave, dulce, tímido que se guarda para siempre entre los labios y se añora al atravesar sus calles.

En México, país mítico y mágico, me formé como antropóloga.


Fabiola Campillo

Vivo en el barrio que conocí desde que vine a Costa Rica. Oriunda de las orillas del Caribe colombiano, aprendí a pasar las vacaciones junto al mar y en los meses de escuela, conocí los aguaceros de mi linda Barranquilla. El llover casi permanente de San José me pareció siempre muy distinto al embrujo de las aguas de mi infancia. Eso nadie me lo enseñó, lo descubrí quedito en compañía de los cafetales que embellecían el barrio de Freses, en el cantón de Curridabat.

Y así me fui quedando en este país. Me acostumbré a escribir sobre mis vivencias que empezaron a hacerse grandes, como las dos hijas crecidas que aprendían en un colegio cerca del lugar donde todavía hoy vivo. En ese coqueteo con la literatura, los amigos de mi clase de narrativa me han enseñado que lo local, no se aprende en los libros que pretenden presentarte la nación y sus próceres, sino en las vivencias de los humanos que narran las historias de un pasado en el cual no estuve, como lo acaecido en los cementerios del centro de Chepe y su vecino barrio, La Dolorosa.


Johanna Fernández

Respiro agradecida el aire citadino, quebrantado y bullicioso de la capital, que otros días de la semana compensa el verdor, quietud y cristalino cielo de Palmares.

Cobijó mi infancia los cuentos que nos contaba mi madre todas las noches antes de dormir y los que nos leía la Niña Nidia en el Club de Lectura de la Escuela Mauro Fernández.

Crecí y viví en uno de los antiguos barrios josefinos -Los Ángeles-. Su fisonomía, sus gentes, relaciones, casas y diario acontecer, se metieron en mi piel y alimentaron mis ansias de plasmarlos en palabras escritas, de revivir sus personajes, lo que empiezo hoy, a intentar.

Los cementerios fueron un vecino más de nuestro barrio, testigos mudos de las travesuras de adolescentes que lo frecuentábamos como un lugar más de entretención que de misterio.

El barrio, en complicidad con el ambiente, moldeó mi vocación para el estudio de Trabajo Social, y así sigue presente en mí, no obstante que de las edificaciones, de las casas de madera y de la vecindad, no quedan más que recuerdos.


Rafael Gamboa

Cuando camino por estas calles de Heredia, cierro los ojos para mirar una vez más los rostros idos y las casas de adobe, antes presuntuosas y ahora en ruinas. ¿Cuántas voces se escucharon aquí, cuyos ecos reverberan en mis recuerdos? Aquel niño, ahora transita hombre y anónimo, sembrando para otros, esperanzado de ser recordado algún día por los que habrán de sucederlo.

Y el amor… Cuando amamos nos lanzamos a un abismo con una flor en las manos. Amor… Ya los poetas han dicho casi todo, para que este fraile sentencie sobre cosas del corazón. Pero, pobre del que no ha bebido de su copa, no conoce su color, ni ha tenido su aroma, o ha muerto en sus brazos.


María Montero

Nací en Burdeos pero vivo en Costa Rica, con sede en Escazú. Trabajo como
periodista. He escrito tres libros de poesía y mi trabajo literario ha sido incluido en antologías de poesía y narrativa.


Oscar Julio Rímola

Al nacer mis padres me insuflaron de polvo de ciudad. Lo digo porque mi infancia pasó entre calles de asfalto, propiamente, en la Avenida Diez, en el barrio Santa Lucía, a trescientos metros del Cementerio de Obreros y la diversión que más me gustaba, era ver pasar las carrozas fúnebres tiradas por caballos y, posteriormente, los inmensos carros y detrás, los dolientes en cámara lenta.

Los vientos de cambio, me llevaron un poco más al sur, al barrio Los Ángeles y después a vivir por el cine Capitolio, convirtiéndose el parque del Pacífico en el Santiago Bernabeu. Fiel a mis orígenes, seguí residiendo siempre por el sur de la ciudad, como un pequeño terrateniente incapaz de abandonar sus dominios, vigilante de las calles de mi San José, donde quedaron atrapadas mis vivencias, de una época y por lugares que no regresarán.

Sin embargo, ahora mi amor es compartido, encontré una amante, que es playa Bandera, quien me sabe de signo cáncer, y como buen cangrejo, regido por la luna, me puso de cama, su mar y su arena. Y ¿dónde se ve mejor la luna si no es en la playa? Y no me importa que la calle de Bandera ande con el chisme, pues una de las ventajas de estar enamorado, es que uno se vuelve estúpido sin darse cuenta, y si se da cuenta no le importa. Por eso cada vez paso más de las leyes, y me encierro en ese mundo mágico de la escritura, a compartir con mis personajes, que también son los suyos.


Sylvia Rodríguez

Aunque nuestra capital sigue siendo una pequeña ciudad, si se la compara con las grandes metrópolis del mundo, soy, se puede decir, una citadina.

Crecí a 600 metros del confeti navideño de la Avenida Central, celebrando algunos cumpleaños los mayos de Feria de la Flores a 1100, y a 500 metros, disfruté tardes interminables de retozos infantiles en Plaza Víquez, en un barrio en que el número de cantinas convivía, entonces sin conflicto, con el de iglesias, escuelas y pleys, y en una época en que los niños podíamos apoderarnos de las aceras para jugar, e incluso de las calles, con apenas un vigía que nos alertaba de las aisladas venidas de carro, cuando mi Calle Siete corría hacia el norte.

En medio de tanto asfalto, quizá las muchas horas invertidas soñando, sobre mi árbol de mango, me estimuló a buscar un entorno verde. En las afueras de Curridabat, siento tener lo mejor de los dos mundos cuando el rumor del riachuelo acalla amoroso los rugidos de la autopista y el cantar de cientos de pájaros disfrazan de belleza los pitos de los carros.

Si hay atardecer seco, ventoso y rojo, anhelo, con cada fibra de memoria, volar un papalote en Plaza Víquez.


Rodrigo Soto

Nací en Costa Rica y estudié Filosofía en la Universidad de Costa Rica, y guión cinematográfico en la Universidad Autónoma de Madrid.


Inés Trejos de Montero

A los jóvenes les es muy fácil escribir una pequeña biografía. A los mayores, no. Si echamos la mirada al pasado se entrelazan tantos recuerdos que es difícil escoger qué merece describir nuestra vida.

Vine a residir en el oeste de San José hace cuarenta años, cuando todavía existía la Costa Rica rural con sus árboles frutales y sus riachuelos cristalinos. Antes me correspondió conocer muchos barrios urbanos y pueblitos campesinos siguiendo el paso trashumante de mis padres. Mi interés por el estudio me hizo admirar y querer a los maestros que entregan su saber y su afecto a los alumnos y a sus comunidades.

Escribo desde mi niñez. Adoro la lectura. Para mí, leer es casi tan importante como respirar. Los libros llenan nuestra casa y siento a sus autores como viejos y jóvenes conocidos.

El periodismo me abrió sus puertas y por ahí me fui colando hacia la literatura, no sin dejar de trabajar en la función pública, en el campo de la cultura. Muchas de esas experiencias han servido de base para mis cuentos.

Mi vida, como un árbol que se llena de trinos, me ha dado un buen compañero, dos hijos y cinco nietos. ¡Qué más puedo desear!


Harry Wohlstein

Vivo añorando la vida de barrio, la de puertas abiertas en las casas, la de juegos en las calles, la de tertulias en las esquinas, o sea la libre, solidaria, generosa y democrática, así como fue mi crianza y formación. Vida en los barrios donde estaban los centros educativos a que asistí, la Escuela Mauro Fernández, la Escuela Juan Rafael Mora, el Liceo de Costa Rica y la Universidad de Costa Rica. De esa rica amalgama salió mi interés por las ciencias sociales y por las letras. Me hice abogado, editor y un enamorado del desarrollo ambiental sostenible. Hoy vivo en otro tipo de barrio, en Las Américas, que empezó muy bien pero, con el paso del tiempo, se ha convertido, como casi todos los barrios capitalinos, en la antítesis de mis añoranzas: rejas por fuera y por dentro, y relaciones humanas a través de la cibernética.