Melocotones sin almíbar
La narrativa erótica
en Centroamérica,
el caso de Costa Rica
Antología primera del relato erótico costarricense

Werner Mackenbach

Prefacio

«Pero, ¿existe en Costa Rica una narrativa erótica?» Así me preguntaron en uno de mis viajes recientes a un país vecino en Centroamérica, cuando en una plática sobre las literaturas del Istmo, mencioné de paso que me habían invitado a escribir el prefacio a una colección de cuentos cuyo título inicial fue «Antología del relato protoerótico costarricense», ahora el subtítulo. (Para evitar complicaciones, no voy a revelar el nombre del país, y mucho menos el de mi interlocutor). La reacción de este –tan espontánea como franca– me parece sumamente representativa de unos juicios (para no decir de una vez prejuicios) acerca de la literatura costarricense muy generalizados entre los otros países de la región, en particular en dos sentidos.

En general, en los discursos literarios dentro y sobre el istmo centroamericano ha estado muy de moda hablar de la literatura (ficcional) en Costa Rica como un producto de calidad inferior, en comparación con la de países como Guatemala, Nicaragua y El Salvador. Hasta en nuestros días se mantienen estas sentencias, incluso en recomendados libros de consulta. Así se repite recientemente, en la reedición del año 2003 de un Diccionario de Autores Centroamericanos muy conocido, el fallo tajante de que el costarricense no era un pueblo de autores, de grandes individualidades creadoras, sino de actores y que se caracterizaba por su mediocridad en el campo literario. Esto no solamente se debe a la predominancia de principalmente dos grandes figuras en la percepción y recepción de las literaturas centroamericanas y su canonización subsiguiente: Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias. Tiene que ver también –y en grado mayor para las literaturas contemporáneas– con el hecho de que la visión de las literaturas de la región ha sido realizada en gran parte con anteojos «políticos».

Desde esta perspectiva ideologizada se ha sostenido que la literatura centroamericana contemporánea, principalmente había sido una literatura de lucha –resistance literature–, un arma cultural en la guerra de guerrillas, una práctica más en la lucha armada. Y que, como corolario de esta proposición, las literaturas de los países que vivieron este conflicto armado en primera persona –Nicaragua, El Salvador y Guatemala– se destacaban de las letras más o menos insignificantes del resto de los países de la región. Es obvio que esta mezcla de ignorancia y percepción selectiva ha resultado en el «olvido» de autoras y autores tan importantes para las letras no solamente de Costa Rica, sino de toda la región, como Fabián Dobles, Carlos Luis Fallas, Joaquín Gutiérrez, Eunice Odio, Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, Carmen Naranjo, Samuel Rovinski, Alfonso Chase, Quince Duncan, Tatiana Lobo (para solamente mencionar algunos nombres en representación de muchos otros) y en una canonización alternativa de autoras y autores que llenaron las expectativas políticas.

Al mismo tiempo, se refleja en la reacción de mi interlocutor una imagen de Costa Rica, de gran circulación entre sus vecinos, como un país dedicado a la actividad (he aquí el «pueblo de actores») económica-administrativa que no deja espacio para otros menesteres más placenteros de los seres humanos (equiparando así, sea dicho de paso, la zona más activa en este sentido, el Valle Central, el área metropolitana, con la totalidad del país). En comparación con la lascivia de otros pobladores del Istmo (otra vez, para evitar marañas incómodas, no mencionaré nombres) –y según el prejuicio barato– la «mediocridad» celebraba su triunfo también en este campo. El tesoro dudoso de este tipo de prejuicios parece no tener límites, y como se ha visto, no se restringe a los estratos más bajos, los lados más oscuros de las sociedades de la región, sino que también tiene una presencia –y no muy débil– en los círculos académicos y en la alta sociedad.

A primera vista, los relatos reunidos en esta antología parecen reconfirmar y desmentir, al mismo tiempo, estas opiniones preconcebidas. La colección presenta trece cuentos de doce autores (ocho hombres y cuatro mujeres), en la gran mayoría nacidos a partir de los años sesenta, entre ellos escritores ya conocidos dentro y fuera de Costa Rica y con varios libros publicados, así como voces nuevas, que, en general, también cuentan ya con publicaciones (sean libros o en revistas). De una manera u otra, estos textos rodean las zonas pasionales del amor, el erotismo y la sexualidad. Pero, ¿qué clase de erotismo es este que se manifiesta en las historias? En estos relatos no se mueve –literalmente– nada sin que los protagonistas se hayan sometido a procedimientos, situaciones y manipulaciones (en muchos casos verdaderas manipoluciones), que la generación de nuestros padres hubiera tildado y denunciado de aberración, impudicia, sodomía y otros atributos muy poco favorables.

¿Qué tipo de erotismo es, por ejemplo, este en el que –como en el primer y paradigmático cuento de esta antología, escrito por Rodrigo Soto– el protagonista necesita ser llamado repetidamente por su compañera de cama con tres palabras estúpidas que recuerda de un cuento para niños para estimularse y poder satisfacer los deseos sexuales de ambos? Ejemplarmente, este relato se caracteriza por un rasgo que es común a todos los cuentos de esta antología: lo erótico aparece inextricablemente enmarañado con lo transgresivo. No solamente trasgreden lo que en nuestras sociedades se ha transformado en una institución de indudable poder de control y restricción, el así llamado «buen gusto» o las «buenas costumbres», sino también desfiguran hasta lo irreconocible los rasgos humanos de interrelación y placer mutuo, que vinculamos con lo erótico, incluso y particularmente en las relaciones que no se someten a las normas institucionalizadas.

Muchos de los textos reunidos en el presente libro (por ejemplo, los de Rodrigo Soto, Dorelia Barahona, Catalina Murillo y Víctor Hugo Fernández) se caracterizan por la falta de comunicación o por una comunicación estorbada entre sus protagonistas. ¿No es el erotismo sinónimo de una comunicación más intensa, de una interrelación humana más estrecha, íntima y de mejor entendimiento? En numerosos cuentos, las zonas eróticas (y hasta erógenas) son verdaderos terrenos de conflicto, de mutilación y dominio (por ejemplo, en los cuentos de Carlos Tapia, Catalina Murillo, Klaus Steinmetz y Alexander Obando). Las pasiones sensuales y sexuales se expresan indisolublemente intricadas con prácticas de violencia, sea corporal o mental, de opresión y prostitución. ¿No es lo erótico equivalente de cariño, ternura y caricias?

Hay que señalar los cuentos que transgreden los patrones del machismo, en especial el «liderazgo» y la dominancia de lo masculino y del hombre en las relaciones eróticas, y dibujan escenarios llenos de protagonismo e iniciativa femenina (véase, por ejemplo, los textos de Dorelia Barahona, Anabelle Aguilar, Ricardo Radulovich y Laura Fuentes). Otros relatos (por ejemplo, los de Uriel Quesada, Klaus Steinmetz, Alexander Obando y Carlos Tapia) rompen con otro de los tabúes más vigentes en nuestras sociedades machistas –incluso a inicios de este tercer milenio–: En una sociedad en la que el amor, el erotismo y la sexualidad son entendidos casi exclusivamente (en todas las connotaciones de la palabra) en términos de relaciones heterosexuales, la realización de relaciones que escapan a esta norma, en general, sólo es posible en condiciones de humillación, camuflaje, prostitución –en este caso, en su variante masculina– y al margen de la legalidad. ¿No ha sido acompañado el erotismo desde tiempos inmemoriales por su hermano y su hermana gemelos: el homoerotismo y el lesbianismo?

Todas las historias contadas en estos relatos se desarrollan en espacios urbanos (sean estos privados o públicos). ¿No ha ido el erotismo –en particular, en sus representaciones literarias– siempre a la par de imágenes de praderas florecientes o –en sus modalidades tropicales– de una naturaleza exuberante y embriagadora? Parece que las prácticas transgresoras de erotismo y sexualidad y su representación narrativa son muy típicas de nuestros entornos urbanos contemporáneos (esto no quiere decir, de ninguna manera, que no estén presentes en la vida rural, sino solamente que allá, obviamente, se realizan bajo condiciones de un control y restricciones más fuertes).

Cabe destacar, finalmente, que los textos de este libro están llenos de ironía, de elementos cómicos y burlescos, así como de humor, muchas veces en su variante negra. Otra vez, la estupidez y ridiculez del estimulante «afrodisíaco» verbal del cuento de Rodrigo Soto son emblemáticas de los lados profanos de este fenómeno tan noble que es el erotismo.

Con todo y esto, esta muestra del cuento costarricense contemporáneo se inscribe en unas tendencias predominantes, por lo menos significativas y paradigmáticas, de la cuentística reciente en la región centroamericana en general. Al igual que la cuentística costarricense, las literaturas narrativas (es decir, las formas cortas) en América Central se destacan por unos rasgos muy parecidos. En especial, así lo hemos constatado en la antología Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano (publicada en Managua en 2004), donde las narraciones se caracterizan por la omnipresencia de lo erótico y su omnivinculación con las más diferentes formas de transgresión, mayoritariamente violentas. No por casualidad, el subtítulo de la presente antología habla de protoerotismo; según el Diccionario de la Real Academia Española (1992: 1192, 3) proto- se define como: «elem. compos. Que significa ‘prioridad, preeminencia o superioridad’.» Como hemos visto, de hecho, lo erótico es el elemento preeminente, que tiene prioridad y está encima de todo.

Pero –y de nuevo–: ¿qué erotismo es este que se presenta en las narrativas centroamericanas contemporáneas? El primer registro oficial de la palabra «erótico» por la Real Academia Española data del año 1732 y lo explica como «cosa amatória y perteneciente a las passiones y aféctos de amór» (DRAE 1732: 544, 2). Además, hace referencia a Garcilaso y los poetas eróticos que se coronaban de «myrtho» (en contraposición a los heróicos que se coronaban de laurel). Ya la edición de 1992 del DRAE (610, 3) lo define como: «1. Perteneciente o relativo al amor sensual. 2. Que exita el apetito sexual. 3. Dícese especialmente de la poesía amatoria y del poeta que la cultiva.» Son significativos los cambios en el léxico, que siguiendo las diferentes ediciones del DRAE, deben haberse efectuado definitivamente a mediados del siglo XX. En particular, llama la atención la pérdida de la relación de lo erótico con el amor y las pasiones, así como su vinculación estrecha y exclusiva con lo sensual y sexual, en especial, con la excitación. Parece que a finales del siglo XX e inicios del XXI hemos experimentado, y estamos experimentando, cambios profundos en las relaciones entre amor, erotismo y sexualidad, que también –y muchas veces por primera vez y en forma más pronunciada– se articulan en las ficcionalizaciones literarias. Es evidente que con esto, nuestro(s) concepto(s) de erotismo está(n) cambiando. Este es un fenómeno que, sin duda, traspasa las fronteras de la literatura costarricense, así como de las centroamericanas.

Sin embargo, los cuentos presentados en este libro pueden ser leídos como textos sismográficos de los desplazamientos y choques subterráneos en curso. Siguiendo una última vez la autoridad del DRAE propongo llamarlos relatos paraeróticos según la definición del prefijo «para-» como: «’junto a’, ‘al margen de’, ‘contra’» (1992: 1081,1). Exactamente estas relaciones adyacentes, subordinadas y contrapuestas son las que caracterizan las representaciones y presentaciones narrativas –tan fieles a nuestros entornos sociales y culturales– y con sus recursos a la ironía, el humor y la burla, tan distantes y críticas de ellos.





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